Eras aire fresco, asomándote por la verja
risa pícara, frases ocurrentes, mirada indiscreta
detalles pequeños que marcaban la diferencia
entre soledades y moderadas compañías.
Promesa de mate compartido que nunca se cumplió,
el grito de gol en tardes de partidos,
la estridencia de tu estornudo por la alergia
sacudiendo a las aves de los árboles vecinos.
Cúmulo de chistes ingeniosos, luz en la ventana,
postigos con códigos, mensajes de presencia.
La confianza de saber que detrás del vidrio cuidabas.
Por curiosidad, timidez disfrazada o por sentirte útil.
Tu ventana está cerrada, el perro ya no aúlla
como hace dos noches, lastimeramente.
Premonición u ocurrencias de gente mayor,
en el aire, la certeza callada de tu futura partida.
No podías escoger otro día, no. Hasta en eso
fuiste completamente original para irte;
con majestuosidad, como diciendo ¿ven?
nací, crecí, viví, cumplí, no pude seguir, me fui.
Ahora, la ventana se quedó sin códigos.
El perro, echado junto al cerco, su hocico entre los barrotes.
Las flores han inclinado sus tallos como un saludo
de respeto hacia tu ausencia.
Frente a tu hogar, allí arriba en el edificio,
una ventana ya no obtendrá respuesta
del código nunca estipulado, pero implantado,
que en mudez gritaba: «Estoy bien».
Queda el silencio… un ave quién sabe cómo
ha huido de su jaula sin permiso;
tal vez salió a averiguar si tu rumbo iba por la senda
o para acompañarte en el viaje de despedida.
Detrás de la ventana, la mirada diaria
quedará huérfana de tu compañía.
Otra partida más, otro que también consiguió el boleto.
En la ventana, mira que, otra vez al tren subió otro pasajero.