japón

El peso de la soledad

Creo que nadie jamás sabrá
cómo se siente mi mundo.
Nadie ha llegado a conocerme tanto como yo lo hago,
ni siquiera mi familia.
Y no me duele,
o simplemente ya no siento dolor por eso.
Porque a pesar de mi edad
he aprendido a amar el mundo
a través del silencio de la soledad.
Una soledad que, aunque esté con gente,
siempre va a pesar;
no desaparece, solo se olvida por un momento,
pero queda ahí,
como una cicatriz
que aunque no duela,
sigue impregnada en nuestra piel
como un recuerdo doloroso,
que por más que pasen los años
seguirá aquí,
sin desvanecer.
Creo que es difícil ver a través de mis ojos,
porque solo sé observar de cerca.
Admiro y siento de cerca,
pero no lo transmito;
solo lo admiro, callada,
analizando todo a mi alrededor.
Por más que pase tiempo con las personas que amo,
ellos jamás entenderán
lo que es el mundo a través de mis ojos.
Nunca nadie sabrá lo que verdaderamente siento:
no es dolor,
no es pena,
ni siquiera es alegría,
simplemente es un sentimiento
que sé que solo yo lo puedo entender.
Los demás solo se quedan ahí,
sin saber qué decir.
Y yo ya estoy acostumbrada
a esas miradas que se sienten,
pero que no dicen nada.
Y así tal vez sea yo,
diferente desde el día en que nací,
con una perspectiva distinta
de todo lo que pasa alrededor.
Y a pesar de que he tratado
de encontrar a personas que se sientan igual que yo,
no he podido.
O tal vez sí,
pero el mundo los consumió
y se volvieron unos más del montón.
Y yo jamás podré ser del montón.
Jamás podré pertenecer
a algo que no me nace
y que no se sienta como yo.
Pero aún así me ven rodeada de gente.
Solo que eso no significa
que haya encontrado mi lugar en este mundo:
solo es adaptación,
más no es un hogar.