Digamos que en apariencia
no hay nada más pacífico
que un domingo por la mañana.
Nos estiramos entre las sábanas
nos olvidamos de los celulares,
nos sonreímos, nos abrazamos
y a veces hasta desayunamos
ahí mismo en la cama.
La ciudad
suena lejana.
Y el miedo
parece
que se nos durmió en algún barrio lejano.
¿Sera porque hoy no escuchamos noticieros?
¿O tal vez porque los verdugos
cantan salmos a esas mismas horas
para volver el lunes
con las manos limpias?
Asi que uno mejor no hace preguntas.
Al menos, no en voz alta.
Uno simplemente se termina
los frijolitos y el café,
se aprieta un poco más contra
el cuerpo del otro
y finge
que este silencio
es solo un domingo por la mañana.