José Luis Barrientos León

Dario y el pacto del arcoíris

 

Cuando el cantar que hoy nos mece se apague,

si me vuelvo en el cielo puente de siete colores,

sé tú, mi niño, el agua mansa que lo anuncia

y el tibio resplandor que lo sostiene.

 

Si de este afán mudable y sin cordura

te nos vuelves un día ramaje desatado,

yo pediré permiso para ser el aire que te arrulla

o la luz de la noche que en tus hojas duerme.

Pero si el hacha te reclama y te hace tronco quieto,

mis manos se harán caja para que en mí resuenes.

 

Si tras este vuelo de alas blancas en lo alto

mi vida se despierta hecha solo una sílaba,

sé tú el aliento que la suelte al viento

y el canto de la tierra que la guarde viva.

 

Si de este tiempo de dicha y de ternura

tu rostro busca ser pupila encendida,

yo seré el labio fiel que te sostenga

y el cerco de mis brazos donde te reclinas.

 

Pero si te haces madera, hijo mío,

yo seré la madera que te canta.

Y si te vuelve el pecho pura ausencia,

mi vibrar curará tu desamparo.

Si te transformas en leve ala que danza,

sobre mi pecho de cuerdas hallarás el nido.

Y si prefieres ser la blanca noche entera,

yo seré el madero que te arrulle siempre.

Madero de tu canto,

Canto de tu alma, seré.