Dejé la llave encima de la mesa. Debajo, aquel papel donde había escrito las razones de irme, una por una, con espacio entre líneas para que no volvieran a enredarse.
Estaba todo allí: las cenas enfriándose, tu manera de abrir una ventana mientras yo te hablaba, el cuidado que puse en hacer ruido para que alguna vez me preguntaras.
Cerré despacio. Bajé los escalones. En la calle había sitio para un hombre con una bolsa y una dirección.
Entonces, el teléfono.
No dijiste mi nombre. Oí mover la silla de la cocina, un roce contra el borde de una taza, tu respiración, tan cerca de mi oído como cuando dormíamos.
Miré el autobús al otro lado. Las puertas se cerraron. Durante unos segundos fui detrás, con la bolsa golpeándome la pierna. Después crucé hacia la panadería.
Compré el pan de corteza que te gusta. Todavía quemaba cuando llamé a tu puerta.
Antonio Portillo Spínola ©