“Estoy bien”, repetía mi cabeza una y otra vez
mientras caminaba con la respiración agitada.
“Estoy bien”, intentaba convencerme.
Hasta que vi un ramo de flores,
la tabla de quesos que una vez me llevaste a probar,
o aquel restaurante al que íbamos con tu papá.
Poco a poco, ese nudo en la garganta comenzó a surgir.
Yo sé que lo has sentido:
aquel impulso del cuerpo que desea expulsar
ese ahogo que lo consume por dentro.
De esa manera comenzaron a brotar
pequeñas gotas de nostalgia por mis ojos.
Se me llenó la cabeza de preguntas:
¿Desde cuándo me dejó de amar?
¿Qué hice mal?
¿Acaso podré volver a enamorarme?
Sentí la brisa secando mis lágrimas y entendí
que no valía la pena desgarrarme por ti.
Ya lo había hecho muchas veces
y de nada había servido.
¿Qué cambiaría, si de todos modos ya no estabas aquí?
¿Para qué seguir llorando tu ausencia,
si ya te habías llevado todo?
Hasta lo último que me quedaba:
mi amor.