Llegaste cuando el invierno
todavía dormía sobre las ramas,
cuando el cielo parecía haber olvidado
el color de los días felices.
Y entonces apareciste tú,
con esa manera tuya de encender la mañana,
y algo dentro de mí comprendió
que también el corazón tiene estaciones.
Cuando te conocí,
el amor surgió en mi pecho
como flor en primavera,
sin pedir permiso,
sin preguntarle al tiempo
si era demasiado pronto para florecer.
Desde entonces,
cada vez que pronuncio tu nombre
hay un jardín que despierta en mí,
una lluvia tibia sobre los recuerdos,
un campo entero aprendiendo
el secreto de volver a comenzar.
Para amarte no necesito una razón,
con que existas es suficiente para mi corazón.
Me basta saber que estás,
que en algún lugar del mundo respiras,
que tus ojos todavía conocen la luz
y que mis días pueden encontrarte.
Porque dar por una mujer
la vida misma, eso es amor;
no como quien se pierde,
sino como quien encuentra
por fin un lugar donde quedarse.
Quiero ser hogar cuando tengas frío,
techo cuando llueva sobre tus sueños,
mano cuando el camino sea difícil
y abrazo cuando el mundo
parezca demasiado grande.
Quiero caminar contigo
por todas las primaveras que nos queden,
ver cómo el tiempo cambia nuestros rostros
sin cambiar la forma en que te miro.
Y si algún día el otoño
nos encuentra con las hojas en el suelo,
si el invierno llega
y cubre de silencio nuestras ventanas,
yo seguiré creyendo en nosotros.
Porque aprendí contigo
que ninguna estación es eterna,
que después de cada sequía
la tierra vuelve a llenarse de flores
y que mientras exista tu amor,
siempre habrá una primavera
esperándonos en el corazón.