A orillas del río Besaya, entre árboles y noche cerrada, mientras el frío propio del otoño se siente en la piel.
Al compás de una luna ausente y, a la vez, presente, mientras el río fluye por su propio cauce, ajeno, o no, a lo que se vive y se siente...
A ti, que me das la vida, me la consientes, me la mantienes y me empujas a seguir.
Que eres mi vista, mis latidos, mi pensamiento y mi conciencia.
Mi norte, mi sur, mi este y mi oeste.
Mi impulso vital, mi empuje, mi inconformismo y mis ganas.
Sin necesidad de certeza, nombre, forma, cuerpo o imagen; evidente sin necesidad de evidencia.
A ti, que eres mi vida y su sentido, mi razón de estar y ser.
Mi objetivo, mi senda y mi camino, mi único tren.
Mi orientación y mi rumbo, mi protección, mi luz y mi guía.
Lo sepas o no, seas lo que seas, estés donde estés.
Sin necesidad de promesas, de una nada o de un después.
Con la misma energía que nos une y en la que me has visto crecer, a ti van dedicadas estas letras...
Y, si no las he escrito yo, vete tú a saber.