Franjablanca

El faro

No alcanzo a ver su figura,

tan solo lo que prolonga

sobre el suelo y la espesura

una negra sombra oblonga

que se acerca muy despacio

acortándome el espacio

entre el misterio y la duda.

A mis pies, una cabeza

da paso al ave zancuda

de dos piernas avanzando

a medida que yo ando,

reclamándole certeza

a una boca que va muda;

y, poco a poco, percibo

unos ojos que relucen

a cinco metros escasos.

Tampoco resulta esquivo

poder oír unos pasos

que mis oídos traducen

como si fueran tacones

de una mujer que camine

en dirección a mi encuentro.

Y, dadas las condiciones,

sin que nada la ilumine,

admito que siento dentro

una actitud vigilante,

como un púgil en la lona,

hasta saber qué persona

es la que tengo delante.

 

El mundo parece ausente,

el tiempo se ha detenido;

casi la tengo de frente,

agudizo los sentidos...

¿Esas manos, ese pelo,

ese andar, esa cintura..?

 

Como salido del cielo,

pasa un coche y, con su faro,

distingo su dentadura

haciendo que todo fluya

porque ya lo tengo claro:

esa sonrisa es la tuya.