Viento alzado, delator de huidas.
Lo vi nacer: buscaba la tristeza
para tornarla en rezo.
Viento sonoro, viajero perpetuo;
caminaba sordo, como si un grito infinito
le hubiera borrado los oídos.
La luna suspendida,
hermosa como el espejo que la contiene
para hacerse noche;
en un rincón se le acurruca
como golondrina en el campanario.
Llegaba con voraz deseo de mirarla,
de ofrecerle aquellos roces
que guardaba para el verso;
sin importar que mi voz
naufrague en el mar
y la ola pierda su alegría.
Viento errante, alado y sin lágrimas,
limpio de niebla,
libre de invierno,
ajeno a la lluvia.
Entre la resignación y el olvido,
aire que el pájaro atrapaba
para no caer, cometa herido,
en un astro sin luz.
A veces, mármol ante la nieve y el granizo;
de pronto, tempestad
que parte la nave
que, sin proa, se ahoga
en las antiguas tinieblas.
Agonía introvertida:
ecos intangibles, mudos rastros de su paso.
Quizá en su lecho se desvaneció
junto a un retrato y su flor,
cuya esencia, a pesar del tiempo,
todavía brota.