José Luis Barrientos León

A mi amada, compañera del alma libre

 

El valle tenía un aliento espeso de coraje y de establo.

Yo miré las nucas vencidas, la fila de las criaturas mansas

que doblaban el cuerpo bajo la madera del amo,

y sentí un frío de ceniza corriendo por mis venas.

Solté mi mano de su ronda de lino,

recogí mis faldas y busqué la escarpa,

allí donde la roca es desnuda y el viento nos amasa el rostro.

 

Ellas se quedan abajo, cosidas a su pastizal de olvido,

criaturas de lana que tiemblan si la sombra de la noche baja.

Mueven sus lenguas pequeñas, balan un miedo de cien años

porque huelen en mis pies la resina de los matorrales oscuros

y la libertad salvaje que da la montaña silbante.

Dicen que soy la que muerde, la que trae la niebla en el lomo.

 

¡Y miren el milagro que cargo sobre mi pecho de arcilla!

Un brote puro, nacido del fuego libre y sin iglesias,

un hijo de la pura tierra y del amor sin ataduras.

No lo parí para que arrastrara el arado ni para que besara el látigo;

su cabeza se levantará limpia, sin la marca del hierro.

Con mis propias manos, rudas de rozar los espinos,

le voy abriendo un sendero entre la maleza del monte.

 

Que vengan a mirarme con sus ojos de lodo y sus risas de sal.

Su burla es solo polvo que el viento de la cumbre desbarata.

Mientras ellas se amontonan en la tibieza del corral,

yo subo con mi criatura hacia la luz alta,

soberana de mi dolor y dueña de mi propio destino.