Vienen a verme tus ojos con la primavera, gaviota blanca eterna. Tú, que buscas en las estrellas el destino, flor perfumada de alegrías, me llamas con los grillos de una noche de verano que, blanca, se extiende por la pradera. Escucho tus pasos trémulos, igual que gotas de lluvia que caen y se esparcen. Hueles a rocío, a verso de Neruda; te hicieron de monte, nube y arcilla. Habitas lo que tocas, ¡ah, mujer! Mujer que me recogiste del olvido, a ti debo las horas más sublimes de mi existencia.