Cuelga tu abrigo aún tras de la puerta,
con el peso de inviernos que descienden,
mientras afuera los vencejos hienden
la tarde hacia una luz que me desierta.
Guarda el cajón la lima y la libreta,
tu letra de otro siglo que no cede,
y en el zócalo frío retrocede
el polvo fino que tu ausencia aquieta.
Trago la sal que busca las esquinas,
aprieto dientes, cierro la garganta,
no permito que el llanto me desmande.
Por dentro se derrumban las colinas,
pero el hueso sostiene lo que espanta:
esta orfandad que de callar se expande.
Antonio Portillo Spínola ©