me dueles más,
cada vez más.
Leo tu nombre en cada poema escrito,
siempre procurando tener abundantes “K
para saborear el momento perpetuo
al vociferar la primera letra de tu nombre.
Ya me duele el alma, otra vez me apuñalaste.
¿Que no te cansas? Apareces en mi sueño, maleducada,
paseándote por mi cabeza con esos piecitos tuyos tan pequeños.
Recuerdo hasta el sonido de tus zapatos al caminar;
quizás por eso vas descalza,
para que no te escuche llegar,
para que no te cierre las puertas de mi mente,
Pero terminas abriéndolas de par en par.
Páséate todo lo que quieras,
porque los libros huelen a ti.
Páséate y lee las cartas en el piso,
que todas son para ti.
Deja las marcas de tus pies
en los pasillos profundos
donde la luz es eterna si hay presencia tuya.
Lástima que apagaste la luz,
pues desde que lo hiciste,
los ojos de las personas se ven vacíos,
recordándome cuán vivos eran los tuyos
y cuán apagados están los míos.