El eco de tu nombre
Hay nombres que se pronuncian una sola vez y se quedan para siempre. El tuyo fue así: lo escuché al pasar, casi sin querer, y desde entonces vive en mí como vive el eco en la montaña: sin cuerpo, sin dueño, repitiéndose en cada rincón del alma. No sé cuándo aprendí a quererte. No hubo un instante exacto, una fecha, una señal. Fue como el amanecer: cuando quisiste darte cuenta, ya estaba todo lleno de luz.
Te quise en los detalles más pequeños, esos que nadie nota y que a mí me sabían a milagro. En la forma en que apartabas el cabello de tu rostro, en el modo en que sostenía el libro entre las manos, en esa costumbre tuya de mirar por la ventana como si el mundo estuviera a punto de decir algo importante. Te quise sin pedirte nada, sin exigirte nada, como se quiere una estrella: sabiendo que no ha de bajarse, pero alegrándome de que exista.
Hubo días en que la soledad se me volvía jardín, porque en él florecían tus recuerdos. Y hubo noches en que tu ausencia pesaba tanto que hasta el silencio dolía. Pero no cambié nada. No te dije nada. Porque hay amores que solo pueden vivir en secreto, como esas flores que solo abren de noche, cuando nadie las ve, y sin embargo perfuman el aire entero.
Si alguna vez te preguntas por qué nunca te dije lo que sentía, has de saber que el miedo no fue el culpable. Fue la certeza de que hay cosas que se pierden al nombrarlas. Y yo quería conservarte así: intacta, perfecta, imposible. Quería seguir mirándote de lejos y sentir que el mundo tenía sentido, aunque ese sentido no me incluyera.
No sé qué habrá sido de ti. No sé si ríes todavía con esa risa que me sabía a domingo, si sigues mirando por las ventanas, si alguien te ha dicho alguna vez todo lo que yo callé. Pero si el eco de tu nombre llega hasta ti, que te diga, sin ruido, sin prisa, que hubo alguien que te amó como se aman las cosas eternas: en silencio, para siempre, sin esperar nada a cambio.
Autor: Augusto Cuerva Candela
País: México
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