Lloran ante mis pies antiguas canciones,
De tela ennegrecidas los siglos que pasó,
Susurran a mis oídos un viejo testamento,
Escrito con la sangre de cientos de adalides.
Las sombras primitivas, buscan descansar,
Bajo el cielo que antes teñido en bermejo,
Rompían las cadenas del hombre iracundo,
Que anhelo de vivir en plenas libertaded.
Hallé en el sendero un árbol muy antiguo
Subiéndome en sus ramas, secas
Que el viento y la lluvia, han torcido,
Pero tan solo negaba estar debilitado.
Es este el ferviente testamento,
Que el tiempo ha ocultado,
Con frío juramento,
A los ojos de mi gente.
Son estos sus eternos,
Autores ya llevados,
Que dictan a los cielos,
“Son libres por nuestra causa”