Volver a casa es cansado.
Ya sé que debería estar agradecida
por tantas cosas,
por la gente, por el techo,
por las voces que me esperan
y por todo ese inventario de razones
que uno aprende a repetir
cuando no sabe cómo explicar su tristeza.
Pero volver a casa sigue siendo cansado.
Llegar al ruido,
a los reclamos,
a los regaños,
a esa forma tan extraña de querernos
que a veces termina por agotarnos.
Y no es que no ame a mi familia.
La amo.
Pero hay demasiada gente en esta casa
y, sin embargo,
qué sola me siento.
A veces pienso que la soledad
no consiste en estar sin nadie,
sino en no encontrar dónde dejar
todo lo que nos pesa.
Sé que debería ser amable,
agradecida,
sonreír como si nada,
como si dentro de mí
no estuviera ocurriendo absolutamente nada.
Pero ocurre.
Y ocurre tanto
que ya no sé cómo explicarlo.
No son los demás.
Soy yo,
o quizá este cansancio
que se me ha ido metiendo en los huesos
y que ni siquiera me deja pensar
en otra cosa que no sea descansar.
Hasta en la presencia de Dios
me siento lejos.
Y me pregunto,
con esa vergüenza que no sé de dónde viene,
si acaso también estoy cansada
de sentirme indigna de su mirada.
Por eso nunca quiero irme temprano.
Por eso invento minutos,
demoro despedidas,
me quedo un poco más
en cualquier lugar que no sea mi casa.
Porque la única casa que conozco
es mi cama.
Y cuando finalmente regreso,
cuando el carro se detiene
y el mundo vuelve a abrir sus puertas,
pienso en el camino.
En lo largo que fue.
En lo tedioso.
En lo hostigoso.
Pienso en los silencios,
en las mañanas que vendrán,
en todas esas veces
que no quería volver
y volví de todas maneras.
El vidrio del carro
guarda mis suspiros
como si fueran algo que no debe escucharse.
Y mientras las luces pasan
y la noche se queda quieta
al otro lado de la ventana,
mis ojos desean algo más
que llegar a casa.
Quizá desean
un lugar donde no tengan que fingir,
donde el silencio no pese,
donde estar cansada
no sea otra cosa que estar cansada.
Y entonces,
cuando el camino termina
y la casa aparece,
me descubro pensando
en lo único que no me atrevo a decir en voz alta:
que a veces
quisiera que el camino
no terminara.
Que el vidrio del carro
siguiera resguardando mis pensamientos.
Que por una vez,
solo por una vez,
no tuviera que volver a casa.