Hay una parte de mi vida
a la que ya no puedo volver.
Otra permanece delante,
con las manos llenas de años
y una forma distinta de mirar lo que ve.
Entre ambas
he pasado demasiado tiempo
creyendo que todavía era pronto.
Pronto para descubrir
que también se agrieta
todo aquello que parecía eterno,
que el tiempo termina por alcanzar
incluso los lugares
donde nos sentíamos a salvo.
Y ahora estoy aquí,
aprendiendo a reconocer la fragilidad
en quien siempre
me pareció invulnerable.
Acostumbrándome a ser yo
quien ahora le ayude
a mantenerse en pie.
«No sé qué pensarías
si pudieras vernos ahora».
Hay algo extraño
en regresar al lugar donde fuimos niños
y descubrir que ya no queda nadie
que pueda devolvernos a esa edad.
Todavía hay manos que aparecen
sin que nadie las reclame.
Manos que conocen nuestros silencios,
que compartieron
buena parte del camino
y siguen sabiendo encontrar
su lugar cuando hace falta.
Quizá algunas historias
no terminen donde imaginábamos.
Quizá simplemente aprendan
a permanecer de otra manera.
Y mientras los días pasan
entre pequeños gestos
que antes parecían insignificantes,
voy comprendiendo
cuánto cambia la vida
sin que apenas nos demos cuenta.
«Hay una parte de ti
que sigue estando en todo esto».
En lo que hago,
en lo que intento,
en esta forma de cuidar
que seguramente aprendí
mucho antes de saber
que algún día tendría que hacerlo.
Y pienso que,
si pudieras vernos ahora,
tal vez reconocerías en mis manos
algo de las tuyas.
Aunque yo siga echando de menos
que fueran ellas
las que nos pudieran sostener a los dos.