¿Quién te dio el derecho de juzgar,
de señalar y de condenar,
si en el espejo de tu memoria
aún vive tu propia historia?
Olvidas el desprecio y el rechazo,
las burlas crueles, cada pisotón;
cuando mendigaba un poco de cariño,
me dabas la espalda y me humillabas.
Y ahora que me alejo de tu vida,
te vistes de santa, pura e inmaculada;
¡qué ironía la de tu conciencia,
que olvida sus culpas y presume inocencia!
No hay espejo que mienta, ni memoria que olvide;
quien tanto hirió, no puede fingir que nunca lo hizo.
G3