Vjekoslav Darlić Mardešić

Lenguaje de auroras

Criaturas aladas que han perdido el vuelo

porque la noche las vistió de lluvia;

las ramas de mil brazos les darán compañía

y arrullarán sus almas aletargadas.

 

Las hojas coloridas revolotean en silencio

mientras sus ojos caen como cometas.

La vela en desvelo se enciende para dar brillo

a algún astro que, por tristeza, cerró sus párpados.

 

Es el agua que viste la tierra para refrescar su memoria.

Luciérnagas imitadas por abejas y mariposas

en los campos de nubes y trigales

sembrados sobre el firmamento.

 

Alegre el alba que llega y la brisa que las hace bailar.

Todos van al campo verde que despierta

y bebe de su propia hermosura:

chispas de aire mutando en luceros,

luceros en aves.

 

Colmenas suspendidas en las nubes para calmar la sed

y un susurro lejano que las aguarda.

Esas formas hermosas que parecen llenas de frutos,

traídas por la primavera desde la cima de las catedrales

donde habitan las almas y los suspiros.

 

Y en la danza de estaciones que se detiene en invierno,

vivirán al volver las olas congeladas,

el lecho silencioso que adormece los amores,

el beso malherido que apenas suspira en el labio

y naufraga en el aliento frío.

 

Y la alegría trivial, despojada de estrellas y de tu sombra,

las manos abiertas en pos de un aliento dolido…

el vacío de perderte en un mar sin orillas.

En el canto te reemplaza la sutil criatura.

 

Su luz es brillante e irrenunciable.

Podrían los luceros apagarse y las almas naufragar;

¿qué importa la penumbra cuando el pecho guarda la flama?

Sin embargo, aquella llama fue apenas una lámpara

extinta en el instante en que la sombra devoró su universo.

 

El farol quebradizo busca dar descanso

a quien, incansable, se alumbra como la mañana;

al verse en el espejo se pierde, laberinto de espejismos,

entre sus alas y las sombras que siempre lo acompañan.

 

Las aladas guardan en su memoria lo alegre

y los caminos mágicos que no terminan,

adornadas con hojas secas y ramas

cortadas con cautela por el viento

para no dañar su majestuosidad.

 

Para no dañar el recuerdo

y el beso que guardo por si te olvido.

Son ellas a quienes el atardecer despierta,

son ellas las que habitan en tus ojos.

 

El día terminó y todo está en calma.

El álamo amarillo, lleno de nidos de belleza absoluta,

refugios alargados que parecen eternos,

donde las criaturas aguardan

hasta que llegue la nueva vida.