Casi nadie logra detenerme la mirada.
La gente pasa, se desvanece, no deja marca…
pero tú, tú entraste como una tormenta suave
y de pronto, ya no puedo mirar a ningún lado sin verte.
Sé que me extrañas. Lo sé con certeza.
Lo siento en el aire cuando estamos cerca,
en cómo tus ojos me siguen y luego huyen,
en ese silencio tuyo que grita mi nombre.
Tu orgullo hace de muro, te hace resistir…
pero el cuerpo no miente, y el tuyo me busca.
No estoy aquí para agradarte, ni para encajar.
Mi único propósito es mucho más intenso:
que no logres sacarme de tu cabeza,
que aparezca en tus pensamientos cuando estés sola,
que mi recuerdo te recorra despacio,
y sientas que estoy ahí, aunque no me veas.
No soy lo que esperabas, no soy tu tipo.
Soy el riesgo que mueres por cometer,
esa llama que enciendes y no te atreves a apagar,
lo prohibido que sabe demasiado bien.
Soy la tentación que respira en tu oído,
y sabes que cederías todo solo por tenerme cerca.
El ritmo de mis deseos trabaja a mi antojo:
llega lento, te recorre entero, te despierta.
No tiene prisa, no tiene miedo.
Sabe exactamente dónde tocarte…
y mientras tú luchas por no decir mi nombre,
yo ya sé que en tus sueños, tú ya me elegiste.