En tu desván dormían los pecados,
marchitos y cubiertos por el polvo,
polvo viejo de alegres años.
Ninguno reclamaba su inocencia;
ninguno se quejaba de los daños.
En la noche crujían las maderas
y el aire removía los sudarios.
Ingenua es el alma que sube buscando sus recuerdos:
solo hallará aquello,
eso,
que enterraron otros labios.