\"Otredad poética\"
Yo creo en la poesía,
en la poesía de las calles,
no en la del intelectual
de las academias.
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Creo en la poesía de los murales,
porque tiene una voz que todos conocen
y que todos callan en los recitales.
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Hablo de la poesía prohibida
por las reglas de los gremios,
la poesía marginal que también
se escribe y se recita.
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La poesía que se niega a publicar
la palabra engendrada.
¿Qué mayor sacrificio
se le puede pedir a lo que vive?
¿Hemos prometido leernos?
¿Acaso pactado con los cenáculos?
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Yo creo en la poesía,
la poesía de los barrios
que hace reír al fatigado:
al del carrito del helado,
al vendedor de pan,
al desempleado.
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No hablo de la poesía de telones
y reverencias
a los poetas burócratas,
la que termina en el aplauso
imprescindible.
Hablo de la poesía bienvenida,
porque su palabra predilecta
ha regresado a casa.
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Creo en la poesía oriunda
que no se lee y que no se conoce,
porque tiene memoria
y permanece
en la punta de la lengua
que no aspiramos.
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Me gusta la poesía
que cantan los alumbrados
en las licorerías de las esquinas,
donde concurre la audiencia irreverente
a la que no le importa interrumpir,
añadir o remendar
lo que se ha dicho,
que no calla después de su monólogo
y alegre permanece.
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Creo en la poesía
que ha perdido sus pies
y todavía los busca.
¿Por qué se me ocultan sus pasos?
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No me gusta
la poesía de cafeterías
donde la palabra se ahoga
entre el zumbido de las máquinas
y el parloteo de los comensales.
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Creo en la poesía del afecto
que acaricia y acompaña
a quien, sin saberlo,
necesita el verso;
a quien lejos de casa
está poseído
por el espíritu del frío;
a quien busca consuelo
en la cola del cigarro
y en la cola para el pan;
al caído entre latas
de cervezas vacías.
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A ellos díganles
que hay una voz del abrazo.
Y no solo díganles:
despierten las voces
de los poetas muertos
y de los poetas vivos,
de los conocidos
y de los desconocidos.
Pero hablen con la voz del pueblo
y recítenlos fuerte,
con los puños cerrados
y las manos extendidas,
dondequiera que se encuentren.
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No me gustan los versos desentendidos.
Me gusta la poesía
que todos atentos escuchamos
y que todos atentos entendemos,
porque es el pan
de nuestro espíritu.
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Creo en la antipoesía de Parra
y en su Manifiesto.
Por eso vuelvo a decir:
«Los poetas bajaron del Olimpo».
Hay un milagro pendiente
que mudo está a la espera
de su voz violeta.
Que sea el verso su lengua
y que astille el silencio
hasta que florezca.
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Yo digo que la palabra
debe regresar
donde nació.
No quiero retenerla más en mi boca,
solo quiero verterla
en una voz
para el oído que la espera.
Y que cante
como cuando nació.
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Creo en la poesía
de la música
y en la música
de la poesía.
Hay una voz
en nuestra voz
anudada a las palabras
que habla lo entrañable.
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Me gusta la poesía
de las palabras cotidianas
con el sonido de su origen:
praderas y colinas
y costas y urbes.
La poesía que se escucha
y no la que se oye.
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Yo evoco la poesía
del que siempre se busca
y tiene la dicha de encontrarse
en las voces de su tierra.
Y si no, que yerre como el viento.
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Cuando yo me buscaba
(y todavía busco otras partes de mi parte)
escribía así:
«I confess (no, no es Hitchcock).
Sí, es verdad, me gusta la poesía, y todas;
por las mañanas
pizarnikiana, juarrociana y vertical.
Por las tardes
bukowskiana, simbolista y maldita.
Por las noches
dariana, alfonsina y vos».
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Entonces era muy joven
y hablaba para mí.
Y ahora heme aquí muy viejo
recogiendo las migas que dejé.
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Me gusta la poesía
que habla lengua
de mi papa y de mi mama
(sí, escríbase y léase sin tildes),
porque es la poesía
de mi génesis.
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Hablo de la poesía
empapada de letras
que nunca leeremos;
la empolvada de olvidos
en inéditos versos;
la vertida con lágrimas
y destiladas alegrías
en un vaso de carne.
La que ríe, saluda y se va.
Ricardo Castillo
De Cantos desde mi casa, 2022
Fotografía: Martine Barrat, serie Cuba