En la cumbre de la montaña
un torbellino barre
la escarcha de páramos
huérfanos de abrigo.
Surca el verde risco,
desciende en estrépito
y el rayo se vuelve brasa.
Al rozar la cintura despojada,
descubre el huerto
que tejieron las aves
para su sed de canto.
El alud de escombros
que dejó el deseo herido
escarba colmenas ciegas,
aún tibias, latientes.
Al pie de la montaña
yacen coronas
de flores rotas.
Si creí que regresaría,
si quise entregar la ofrenda,
al volver solo encuentro
el peso de la piedra
y la ceniza muda.