Leoness

Y busqué por los aires

¡Y busqué por los aires!.

 

Bajo el rumor de los álamos,

mientras la tarde se quiebra

en cristales de oro y ámbar,

allí está ella, mariposa quieta

de hojas y silencio blanco.

 

Lee.

 

Va deshilvanando el tiempo

con la yema de los dedos,

ajena al mundo y al viento.

 

Mas cuando paso de largo,

¡ay, sus ojos de cuchillo verde!,

se clavan en mis adentros.

 

Me mira con la pupila firme,

con una duda encendida,

y yo, torpe alcaraván herido,

vuelvo los ojos... y me sostiene la mirada.

¡Dios santo, cómo me sostiene la mirada!

 

Como un toro ciego en la plaza de la tarde,

siento que se me desboca la sangre.

 

Y entonces,

con la voz rota y temblando como un junco,

le pregunto:

¿Está ocupado este sitio?

 

Ella no dice palabra,

solo se desliza un poco,

dejando un hueco de sombra y misterio

a su lado.

 

Y yo me siento.

Ay, madre de mi alma,

yo me siento a su lado.

 

Y en ese instante preciso,

cuando la madera vieja del banco

cruje bajo nuestro peso,

el fuego...

¡el fuego se adueña de mí!

 

Me queman las sienes,

me arden las manos,

tengo la coraza del pecho

presa de una hoguera invisible.

 

Las ascuas de su presencia

me devoran la cordura.

Ya no soy más que ceniza viva,

ceniza temblorosa y callada,

ardiendo a su lado

en la tarde verde

que huele a jazmín y a muerte.