En la sala tres el aire huele a lilas recién cortadas
y al barniz seco de las coronas en hilera.
Cintas doradas con tipografía de molde
enlistan razones sociales, parientes lejanos,
apellidos completos sin un solo diminutivo.
Tras la luna de cristal descansa el traje oscuro,
la corbata ajustada hasta el cartílago,
las manos cruzadas sobre el vientre.
Nadie apoya la palma contra el vidrio templado.
Nadie busca en la cera del semblante
el rastro de un rasgo que se resista al frío.
Llegan en parejas breves,
con los abrigos todavía abrochados
y el paraguas goteando sobre el terrazo gris.
Se dan la mano de perfil, sin estrecharse el pecho,
marcando en la solapa la medida justa del pésame
mientras los ojos escapan, discretos,
hacia las pantallas con los números de las salas.
Y entonces, junto al zumbido de la máquina de café,
dos hombres se detienen ante la ranura de las monedas.
Una mirada basta.
Un hombro que cede dos centímetros de peso,
una media sonrisa que se pierde tras el cartón humeante,
el murmullo contenido que de pronto se suelta
como el pestillo de una puerta largo tiempo cerrada.
Salen juntos al alero, desabrochándose el cuello.
Uno sostiene aún el vaso tibio entre los dedos
mientras el otro le acerca la lumbre de un mechero.
Allí, dos viejos adversarios comparten el humo y la risa,
miran de reojo el cristal encendido al fondo del pasillo
y reciben, bajo el agua menuda de la noche,
la primera tregua que jamás les concedió.
Antonio Portillo Spínola ©