NATALIA BRONSTEIN

LA LITURGIA DE LAS AGUAS

Mi rostro sobresale del agua aferrada

a los últimos bocados de aire

que alargan esta cruda existencia.

Siento las delicadas caricias de la hierba

a mi alrededor recordándome

cuan frágil es el acto de sentir.

Mi cuerpo mojado entre turbulentas aguas

apenas encuentra fuerzas para abrazarse a sí mismo

mientras el frío penetra mi piel desnuda ,

reclamando cada rincón de mi ser.

Expuesta a las laceraciones de las parcas

sueltas del futuro

que son arrastradas por los finos y elegantes

movimientos de la corriente de la vida,

yo no hago más que contemplar

cómo se desvanecen los últimos vestigios

de aquello que alguna vez fui.

Solo siento como lentamente me hundo,

me sumerjo en el río del desdén y la desesperanza

dejando que sus aguas sepulten todo cuanto desee

todo cuanto anhelé,

esos pequeños fragmentos de sueños

que alguna vez se atrevieron a florecer dentro de mí ,

uno a uno mis deseos se extinguen

bajo la superficie, mudos, olvidados

como oraciones pronunciadas ante el cielo

que han sido dejadas de escuchar.

Pequeños rayos de luz atraviesan

la espesa estela de la desolación,

pasando entre las sombras como una burla del destino,

su tibieza acaricia cruelmente mi rostro

iluminando aquello que ya no puede ser salvado,

porque incluso la luz puede ser cruel

cuando no viene a rescatarte,

sino a mostrarte que tu destino ya ha sido escrito.

Y en algún lugar

entre las páginas manchadas del tiempo

mi nombre espera su última sentencia:

el olvido.