En unos años, nuestros poemas pasarán a la historia del olvido,
olvidos sepultados por viejas promesas incumplidas.
Las letras se oxidarán sin musa; los relojes cumplirán su cometido infernal: un adiós.
Las viejas costumbres quedarán en el pasado, al recordar que las fechas nos suplicarán por su último rito.
Pero ¿qué culpa tiene el caracol si este no es su asunto? Pues mis palabras afiladas han matado aquello de lo que tanto reíamos y por lo que tanto suplicábamos a una orden celestial, para que su amor fuese infinito.
El piso ya conoce mis lamentos, ya conoce sus lágrimas, ya conoce sus razones. Y me culpan con la razón, para hacerme entender que no existen dos universos donde recuperar aquello que alguna vez pareció perfecto.
Te perdí, ratoncita, te perdí entre el cenicero de mis luceros de lágrimas. Te meces en mis recuerdos; el reloj ya marcó, me traicionó, pero yo también traicioné su condición: hacerte feliz.
Y aunque nuestros poemas parezcan destinados a la historia del olvido, quisiera creer que aún quedan páginas por escribir, que no todas las promesas están condenadas a morir y que, quizás, el tiempo todavía nos conceda la oportunidad de aprender a amarnos mejor.
Te amo, Antosia.