El pañuelo bordado
Hay en el fondo de un cajón un pañuelo de hilo blanco, bordado con dos iniciales y una orla de nomeolvides. Está doblado con cuidado, como se doblan las cosas que se guardan para siempre; pero el tiempo lo ha ido amarilleando por los dobleces, y las flores bordadas han perdido el azul, y en una esquina hay una mancha tenue, casi invisible, que yo no sé si es de agua, de vino o de lágrima. Nadie lo usa; nadie lo mira. Pero yo lo encontré una tarde, revolviendo un cajón que no era el mío, y al verlo, me pareció que el cajón entero se había quedado en silencio, como se queda una iglesia cuando se apagan las velas.
Yo no sé qué tienen los pañuelos bordados. Cuando los miro, me parece que guardan en sus hilos el calor de la mano que los bordó, y el temblor de la mano que los recibió, y el último adiós que se secaron. Si me acerco y lo despliego, el hilo cruje un poco, y el aire se llena de un olor a alcanfor y a rosa seca, y en el fondo del pañuelo, entre los nomeolvides, casi casi se dibuja una cara que sonríe con esa sonrisa que tienen las que se despiden en un andén. Entonces te recuerdo; y al recordarte, me parece que tú fuiste la que bordó aquel pañuelo, y que al verte marchar, alguien lo dobló con cuidado y lo guardó en el cajón para no volver a llorar con él, ni con otro, nunca más.
¿Qué es un pañuelo, sino un trozo de tela que recoge lo que no se puede decir? ¿Qué es el amor, sino un adiós que se queda bordado en el fondo de un cajón? Tal vez por eso nadie lo usa: porque hay lágrimas que no se secan, y hay despedidas que no se olvidan, y hay iniciales que se quedan bordadas para siempre en el hilo blanco, sin que nadie se atreva a deshacerlas. Y yo, que he abierto el cajón sin querer, me quedo quieto con el pañuelo entre las manos, sin atreverme a doblarlo, pensando que mi alma es también un pañuelo bordado: doblada con cuidado, amarillenta por los dobleces, con una mancha tenue en una esquina, y unas iniciales que ya no se leen, esperando que alguien la despliegue y le devuelva, aunque sea por un instante, el calor de la mano que la bordó.
Autor: Augusto Cuerva Candela
País: México
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