Nata Feo

El idilio que cruzó el océano

Un romance de verano, que acumulan años ya,

donde el baile y las charlas nos hacían conectar.

Él llegó del extranjero, de lejana latitud,

dejando en mi memoria su dulce y noble actitud.

 

El tiempo abrió distancias, silencios y desvíos,

cruzamos otras rutas, otros rumbos e historias;

más un día de la nada, por la pantalla, un saludo llegó,

y el eco de aquel tiempo de repente despertó.

 

Hoy la diferencia horaria nos marca el compás,

coordinando los minutos para hablarnos más y más.

Se rompió la monotonía, se encendió la ilusión,

con mensajes cotidianos que complementan mi rutina.

 

Me fascina ver su piel tostada por el sol austral,

y escuchar esa voz que tiene un tinte singular;

su sonrisa tierna y franca enciende mi propia risa,

mientras su viril presencia con la brisa se desliza.

 

Es juego, es cercanía, es chispa y complicidad,

un presente inesperado que se ha vuelto picardía;

su piel, su voz, sus manos que la distancia dibuja,

encienden un erotismo que mi calma reconfigura.