Las palabras se desvanecen de mi mente,
Los trazos de mi pluma no dejan testigo,
Invisibles, casi indelebles,
A la humedad que riegan mis delirios.
Imploro piedad al pobre y al mendigo,
Pues suyo es el reino de los reinos,
Y aquellos que urden en el plan divino,
Ciegos sordomudos ante mi reflejo.
Más las señales de lo prohibido
Se clavan en cada espejo,
Con el filo de mi mitad,
Tiento acariciar mi piel y me detengo...
Sin alma, no existen los remordimientos,
Apuro mi copa y destierro mi lúgubre cuerpo,
Sin corazón, no existen los sentimientos,
Un abismo vacío se pronuncia tan adentro...
Impoluto al paso del tiempo...
Un árbol sin fruto...
Carente de vida... Pero nunca muerto.