Gente de forzada decepción,
y además sucia por exigencia y guión
de una situación ajena; también
proxeneta de la vida misma
a tiempo total, bizqueando
de un solo ojo.
Se muestra con dientes
amarillos: el tabaco.
Dientes de
hambre
vieja,
se decía entonces.
Siempre caminaba por la
misma acera, siempre
paralelo a los
mismos
bancos.
Lo hacía ostentoso
de su pobreza
impuesta.
Aquel hombre de piel grasienta,
de huesos raquíticos,
flacos por tanta
hambre ya
contínua…
moría despacio pues
era mendigo de
todo, de uñas mordidas y
venas transparentes.
El mejor cine español no es éste de ahora, a pesar de la tecnología presente, no. Tampoco lo es a pesar de sus actores y actrices con más y mejor, se supone, preparación interpretativa; quizás sea que no es, que no sea, una cuestión de personal, ni de directores, ni tan siquiera de gustos personales, no, sino de imágenes y hasta de argumentos que ofrecer.
Personalmente prefiero estas películas de antaño en blanco y negro y que muestran, antes que nada, una época y más aún historias y realidades más creíbles. Este poema expone y desnuda a unos personajes en unas imágenes de una sociedad española de antaño no sólo pobre sino empobrecida a la fuerza, por abusos sobre ésta. Hace bastantes años y viviendo yo en París una persona con la que compartía mi vida entonces me hizo la siguiente observación: “En las películas españolas en blanco y negro la mayoría de las escenas que se ven son de gente que entran, están o salen de las cárceles”; acto seguido me dijo: En aquel tiempo toda España era una inmensa cárcel.