El faro apagado
Hay en lo alto de un acantilado un faro que ya no alumbra. La torre está en pie, blanca todavía, aunque la sal ha ido comiéndose la pintura y el viento ha arrancado los cristales de la linterna; en lo alto, donde antes ardía la luz, hay ahora un hueco negro por el que entra la lluvia y anidan los cormoranes. Hace años que ningún farero sube los ciento cuarenta escalones; hace años que ningún barco se guía por él. Los pescadores del pueblo conocen ya las piedras de memoria, y pasan de largo sin levantar la vista, como se pasa delante de un amigo que ha muerto.
Yo no sé qué tienen los faros apagados. Cuando los miro, me parece que en aquella torre se ha quedado encerrada la última noche que alumbró, y que si me acerco y pego el oído a la puerta, casi casi oigo el rumor del aceite, el chisporroteo de la mecha, los pasos del farero subiendo y bajando, y esa voz que tienen los hombres solos cuando hablan consigo mismos. Si miro al mar desde el pretil, todo está oscuro; y sin embargo, hay un instante, al caer la tarde, en que me parece que una luz muy tenue, una luz que no es de este mundo, tiembla un momento en el hueco de la linterna y vuelve a apagarse. Entonces te recuerdo; y al recordarte, me parece que tú fuiste la que subió aquella torre por última vez, y que al verte marchar, la luz se apagó de pena y el faro se quedó ciego para no guiar a nadie que no fueras tú.
¿Qué es un faro, sino un corazón que alumbra en la noche para que otro encuentre el camino? ¿Qué es el amor, sino una luz que se enciende cada atardecer y se apaga al amanecer, esperando que alguien la mire desde el mar? Tal vez por eso aquel faro no vuelve a encenderse: porque comprendió que, sin ti, todas las noches son la misma noche, que da igual la calma que la tormenta, que el norte que el sur, porque ningún barco trae tu rostro ni tu voz. Y se quedó a oscuras, con los cristales rotos, como se queda el alma cuando le arrancan de golpe la esperanza.
A veces, al anochecer, cuando el mar se pone negro y las olas golpean la base del acantilado, subo los ciento cuarenta escalones y me quedo en lo alto, junto al hueco de la linterna, mirando la oscuridad. Y pienso que mi vida es también un faro apagado: en pie todavía, blanco de sal, con la luz muerta, esperando un farero que suba a encenderla. Pero el farero no viene; y si viene, no trae aceite; y si lo trae, no hay mecha que arda. Porque hay torres que se quedan para siempre a oscuras, y hay amores que alumbran una sola noche, y luego se apagan, y luego sólo queda el viento, y la sal, y el ruido del mar contra las piedras.
Autor: Augusto Cuerva Candela
País: México
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