Te debo el portazo
Los días de esas, tus dos palabras irreverentes,
arremolinan las inventivas y los intentos.
En tanto que mis dos palabras, impulsivamente,
hacen sutil, perspicaz, confiscación del momento.
Del vacío de las manos, averías trasuntas,
control de los daños, incoloros por inherentes,
al precioso porque, de mis respuestas indigentes,
inicuas pordioseras de tus altivas preguntas.
Etéreo, escuchó tu oído, el gemido tañer
de esta campanilla, intrascendente, pero macabra,
inquisidora opuesta, de tu osmótica palabra,
asfixiando la frase, en los labios por florecer.
No tejeré ni una sílaba, no, no la hilaré
ni daré razón, a lo que tu espíritu barrunte.
Es tu discernimiento, mi emoción enfilaré.
Aletargado será mi fatigoso pespunte.
Te debo el portazo, garantizo ponerme al tanto,
cuando contemples tu triste sorpresa, allá flotando
encima de ese charquito de estrellas titilando,
en el solitario periplo de tu camposanto.
Esa descompostura, el de un gélido adiós sin vida,
a falta de un susceptible, atento interlocutor,
será tapete de saludo en el recibidor,
huérfano taciturno de la nunca depedida.
algher