A veces quiero ponerme el overol de la pena
y cuidar el pedazo de suelo donde te quedaste,
compañero de la rutina, del café y del insomnio,
llegado el invierno antes de tiempo, cuando no tocaba.
Quiero regar con este llanto tus silencios,
repartir tu memoria por las calles y las veredas,
hacer que tu bondad alimente a los que andan tristes,
porque un corazón como el tuyo debe seguir encendiendo la vida.
Hay una opresión exacta aquí en el pecho,
un aire espeso que me cuesta trabajo respirar;
un dolor tan de entrecasa que se instala y no pide permiso.
Fue como un apagón de golpe, una mala jugada,
un impacto frío, una injusticia burocrática del destino
que te empujó fuera del juego sin previo aviso.
No hay avenida lo suficientemente larga para medir este vacío.
Hago el recuento de mis días, de este mapa de desdichas,
y te juro, viejo, que me pesa mucho más tu ausencia
que el simple trámite de seguir estando vivo.