Muerden mis labios la memoria ardiente
de tu muslo de seda y de granado,
frenesí que el destino ha cercenado
cuando sangraba el gozo más caliente.
Temblando en la penumbra el aire siente
el rastro de tu cuerpo cincelado:
aún gotea el veneno mitigado
de tu sexo de nácar y serpiente.
¡Ay, regresa a mi lecho de agonía!
Hunde tu garra en mi voraz premura,
desgarra este silencio que me ahoga;
devuélveme la carne que era mía,
reaviva la marea de la envoltura
y apura en mí la copa que nos droga.