Se alejó sin explicaciones,
sin adiós,
sin un por qué,
y me dejó con la tinta a medias
y el corazón al revés.
Él llegó con fuego travieso,
con ojos de niño,
con manos que sabían hacer poesía,
y se fue en silencio,
como quien no quiere despertar el ruido.
Me quedé preguntando
si fui mucho o fui poco,
si mi ternura le pesó
o si su juego se acabó.
Pero no le guardo rencor,
le guardo gratitud.
Porque por él descubrí
que en mis manos también hay versos,
que en mi pecho también hay poesía.
Y aunque se fue sin decirme nada,
yo me quedo conmigo,
escribiendo bonito,
aprendiendo a quererme
verso a versito.