NATALIA BRONSTEIN

SIN NOMBRE

 

¿Cuánta ingenuidad hay en mí,

o cuánta necesidad de amor

se esconde detrás de ella?

 

Creer que alguien,

en medio de este caos,

interrumpiría su camino

para detenerse a mirarme,

si ni siquiera yo

veo un resplandor.

 

Sollozos son las tonadas de mi corazón,

que, con una fe absurda,

aún cree que algún día

llegaré a ser

el aliento del alma de alguien.

 

Qué miserable es esperar

apenas un rocío de amor;

aguardar a que otro recoja mis trozos,

como si entre sus manos

pudiera devolverme la forma,

sabiendo que la cura

solo puede nacer de mí.

 

Un grito desesperado

atraviesa la habitación,

pero termina desvaneciéndose

en la oscuridad de mis apegos.

 

¿Quién soy yo

para que alguien cambiara perlas por sobras?

 

Incompleta a veces,

delicada, tan frágil…

 

Tan frágil es mi cristal

que quien se atreva a sostenerlo

podría cortarse con mis filos.

 

Me estremece pensar

que podría quebrarme entre sus manos

y que, al verme hecha pedazos,

me arrojara como algo inservible,

como aquello que alguna vez utilizó 

y que ahora ya no merece conservar.

 

Soy una copa de vino sobre la mesa,

esperando ser bebida,

deseando embrujar un cuerpo,

que mis gotas rocen unos labios

que parecen inalcanzables,

fortuitos.

 

Ser bebida hasta el último sorbo,

embriagar su existencia,

trastornar su moral,

dejar en su sangre

algo de mí

que ni el tiempo consiga destilar.

 

No podría competir

con todo aquello que le rodea;

no podría seguir el ritmo de sus pasos.

 

Él bailaría con tanta facilidad entre espinos

que desgarrar mi vestido

le resultaría tan sencillo.

 

Y yo,

que todavía confundía las heridas

con las pruebas del amor,

que encontraba promesas

en cada rasguño

y llamaba destino

a todo aquello que me hacía sangrar.

 

Ingenua,

todavía creyendo

en cuentos de hadas.