¿Cuánta ingenuidad hay en mí,
o cuánta necesidad de amor
se esconde detrás de ella?
Creer que alguien,
en medio de este caos,
interrumpiría su camino
para detenerse a mirarme,
si ni siquiera yo
veo un resplandor.
Sollozos son las tonadas de mi corazón,
que, con una fe absurda,
aún cree que algún día
llegaré a ser
el aliento del alma de alguien.
Qué miserable es esperar
apenas un rocío de amor;
aguardar a que otro recoja mis trozos,
como si entre sus manos
pudiera devolverme la forma,
sabiendo que la cura
solo puede nacer de mí.
Un grito desesperado
atraviesa la habitación,
pero termina desvaneciéndose
en la oscuridad de mis apegos.
¿Quién soy yo
para que alguien cambiara perlas por sobras?
Incompleta a veces,
delicada, tan frágil…
Tan frágil es mi cristal
que quien se atreva a sostenerlo
podría cortarse con mis filos.
Me estremece pensar
que podría quebrarme entre sus manos
y que, al verme hecha pedazos,
me arrojara como algo inservible,
como aquello que alguna vez utilizó
y que ahora ya no merece conservar.
Soy una copa de vino sobre la mesa,
esperando ser bebida,
deseando embrujar un cuerpo,
que mis gotas rocen unos labios
que parecen inalcanzables,
fortuitos.
Ser bebida hasta el último sorbo,
embriagar su existencia,
trastornar su moral,
dejar en su sangre
algo de mí
que ni el tiempo consiga destilar.
No podría competir
con todo aquello que le rodea;
no podría seguir el ritmo de sus pasos.
Él bailaría con tanta facilidad entre espinos
que desgarrar mi vestido
le resultaría tan sencillo.
Y yo,
que todavía confundía las heridas
con las pruebas del amor,
que encontraba promesas
en cada rasguño
y llamaba destino
a todo aquello que me hacía sangrar.
Ingenua,
todavía creyendo
en cuentos de hadas.