HUMANO DE FUEGO III
La fugacidad y el peso de existir
El tiempo no camina: nos deshabita;
deja nuestros nombres donde antes fuimos cuerpo
y convierte el porvenir en una puerta
que solo se abre hacia lo desconocido.
He visto morir los días sin ceremonia,
caer los rostros del árbol de la memoria
y al futuro, ese ladrón sin huellas,
llevarse incluso aquello que aún no vivimos.
¿Qué somos, entonces,
sino una breve interrupción del silencio,
un latido que el universo no recuerda
y, sin embargo, se atreve a llamarse eterno?
La muerte no me aterra por su oscuridad,
sino por las palabras que dejaré sin pronunciar,
por el abrazo que el tiempo vuelva imposible,
por cuanto amé sin saber que era despedida.
Quizá vivir no consista en vencer la ausencia,
sino en dejar una verdad donde hubo miedo,
una pregunta que sobreviva a nuestras respuestas,
una huella que no reclame eternidad.
Porque hasta el fuego desaparece;
pero mientras arde, transforma la noche.
JUSTO ALDÚ © 2026