La penumbra que habita en la habitación, su capacidad de traspasar tan ágil y vilmente,
haciendo estremecer cada nervio de mi cuerpo.
Me deja inmóvil en un espacio que supone ser seguro.
Por eso detesto las noches, porque su oscuridad te permite ver
la claridad de lo que escondes.
El día camufla tanto como lo permitas,
e inevitablemente, tras escuchar cómo las agujas del reloj se arrastran,
sabes que el tiempo se acorta y el cielo, envuelto en grises,
es un recordatorio de lo esperado.
Ni una armónica podría romper el frío que recorre mi cuerpo,
ni alivianar los latidos del corazón, ni mis ojos engañarme de que ya es el día siguiente.
Tal vez si pretendo que no existe me dejaría en paz... pero basta.
No tengo audífonos en mano que me permitan evadir cada señuelo de pensamiento,
solo el tormentoso sonido del viento golpeando cada rincón de la casa
Sin embargo, la peor tormenta no está afuera, es la certeza de que cuando amanezca,
tendré que seguir fingiendo que no sé exactamente quién soy ni de qué huía.