CUANDO EL AMOR APRENDE A MARCHARSE
Sigue tu camino, amor, sin volver la mirada, que hay despedidas que comienzan mucho antes de pronunciarse.
Deja que el invierno entre despacio, que se siente a mi mesa, que enfríe las palabras que alguna vez incendiaron mis noches.
Yo también aprenderé a no buscar tu nombre en el silencio, a no confundir una sombra con la promesa de un abrazo.
Poco a poco, como el mar que devuelve a la arena los restos de un naufragio, iré entregándole al olvido todo aquello que guardé para nosotros.
No habrá tormentas, ni puertas golpeadas por la rabia, ni un último grito reclamándole al cielo por qué se marchitan las flores que regamos con tanta esperanza.
Habrá solamente un hombre recogiendo sus sueños del suelo, sacudiéndoles la tristeza y aprendiendo a caminar sin esperar tus pasos.
Y un día, quizá, tu recuerdo cruzará por mi pecho como una nube sobre los campos: sin detener la lluvia, sin oscurecer el horizonte, sin despertar a los muertos que alguna vez llamamos ilusiones.
Entonces sabré que no todo amor termina en odio, que existen corazones que se despiden sin destruirse y heridas que, al cerrar sus labios, dejan de pronunciar el dolor.
No te deseo noches vacías ni mañanas llenas de arrepentimiento; no quiero que regreses para comprobar que todavía te espero.
Quiero que la vida me devuelva la parte de mí que puse en tus manos, esa pequeña luz que confundí con la tuya y que, sin saberlo, siempre había nacido dentro de mí.
Sigue adelante, amor, que yo voy aprendiendo a soltar sin convertir la ternura en rencor.
Porque llegará una mañana en que mi corazón, cansado de llamarte, se ocupe de latir por sí mismo.
Y cuando eso ocurra, no habré dejado de amar por derrota, ni te habré perdido por venganza:
simplemente, habré dejado de vivir en tu ausencia para volver a habitar mi propia vida.
— Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA
Noviembre, 2022
Género: poesía lírica
Forma: verso libre