a precio de su preciosa sangre
me compró por su gran amor.
Tu pueblo te exalta,
tu pueblo clama:
¡Maranatha, Rey celestial!
Ven, ven, Señor,
nuestro corazón pide de ti,
y nuestra mente imagina el día
en que ya no vamos a estar
en nuestro aposento,
sino ante tu altar.
Y todos, en sus corazones,
pensando:
«Esto nunca lo pudimos imaginar».
Cantaremos cánticos al Señor,
diciendo:
«¡Él venció!
Su amor sobreabundó.
¡Santo, santo es el Rey
que nos salvó!»