huertero

HabrĂ¡ que aprender a amar

 

El tramo de las lavandas a la casa blanca
es la última copa,
el último desvío.

Su lengua no pronuncia nada.
Tiene la mirada tiesa,
el vómito es una daga de fuego.

En la lengua, escudos de muerte,
una ráfaga de palabras dolientes,
armaduras humanas de brasas
y caliza en el consciente.

Cada casquillo caliente escribe con odio sobre el umbral.

Más allá de todo, solo queda un suspiro.
En la quietud de la cúspide de la tarde
los cuerpos humean.

En cada discusión se achica la trinchera,
la agitación de la sangre es fuerte,
un camino polvoriento del desaire.

Arder en la memoria.
Las frases se echarán al aire.
los cuervos no se detendrán.