El cielo me ha olvidado
cual ser cuya estancia es absurda;
sin sentido es el sentido,
la razón es muda y hueca.
Por eso no pregunto al cielo
por qué mis rayos no son de oro,
pues ya sé que se agotaron
los fotones de sus estrellas.
De oro, solo los pesos y centavos
que se intercambian como esclavos
de unas manos que se mimetizan con ellos
y se vuelven efímeras como las monedas que sostienen.
Por eso, quizá, yo no tengo ni una de esas.