¿De qué sirve mentirse a uno mismo
si nadie puede escapar de su reflejo?
Engañar a la propia conciencia
es como intentar darse la espalda
en una habitación llena de espejos.
Vivimos buscando la verdad,
guiándonos por las sombras
que nosotros mismos proyectamos.
Y ante la luz que tanto perseguimos,
nos cegamos como si fuera un faro,
pues a veces lo que más ilumina
es aquello que más tememos mirarlo.
Con la misma cuerda
que nos ofrecen para escapar,
acabamos atándonos las manos.
¿Quiénes somos, sino lo que sentimos?
¿Quiénes somos, sino lo que vivimos?
¿Y qué queda de nosotros
cuando ni siquiera sabemos lo que somos?
Intentando escapar de mi cuerpo,
acabé comprendiendo que todos somos parecidos:
buscamos fuera las respuestas
a preguntas que nacen dentro de nosotros mismos.
No entiendo por qué pienso
más de lo que siento,
quizás porque mi mente no escucha
al corazón cuando está latiendo.
O quizás porque tengo tanto miedo de sentir
que prefiero perderme en mis pensamientos,
confundiendo el silencio con la paz
y la soledad con el aislamiento.
Pues de nada sirve encontrar la verdad
si al tenerla enfrente apartamos la mirada,
ni buscar la libertad en otros caminos
cuando somos nosotros quienes cerramos la entrada.
Y al final, después de tanto huir,
comprendí lo que siempre había temido:
que no era mi reflejo quien me perseguía,
sino yo quien escapaba de sí mismo.