¿Qué tan bajo uno ha caído para desear
que aquello que lo mueve desapareciera?
¿Qué motivo tiene una persona para desear
destruir aquello que ilumina sus días?
¿Será el cansancio? ¿Será el odio a sí mismo?
¿Descansar es motivo suficiente para
acallar la voz de la vida de un ser puro?
¿Por qué el simple acto de pensarlo llena de gozo y de asco
en partes iguales?
Cuando se pregunta uno, se responde una frase muy conocida, muy íntima:
«Porque sin eso, no hay nada que me detenga a poder alcanzar el tan ansiado descanso...».
Pero hasta que pasa algo... un acto tan simple como poderoso...
Hasta que se cruzan las miradas... y se refleja...
el asco que uno se tiene a sí mismo, el gozo desaparece...
aparece la culpa de querer terminar con todo, pero no culpa por sí mismo,
culpa por querer apagar la luz, esa luz que marca el camino,
esa luz que sin palabras sabe transmitir calma,
una calma tibia, una calma que invita a detenerse y disfrutar de un sonido
que... imploro a los dioses, no se acabe nunca.
Porque cuando se detenga, marca el final, el final de una historia patética y cutre,
pero una historia al fin.