Hay muchos días tormentosos; se sienten solos, pero humanos.
Hay pocos días calurosos; se sienten cerca de tus manos.
Y hay días temblorosos; augurios de no vernos como ancianos.
Y no será por falta de tiempo; será por falta de ahínco.
Aunque sé que llegará un día en que comenzarás a gritar.
Tus manos se harán tacañas y las empezarás a apartar,
tus muecas se volverán huecas y me empezarás a evitar.
En ese triste y funesto día, me iré para no volver.
Llegará otro día en que se dejarán de oír mis gritos locos;
un día luminoso para algunos y oscuro para pocos,
en que mi vida dejará de estar iluminada por focos.
Solo quiero desaparecer, ser lo que merezco ser: nada.
Y espero que ese día, quien deba hacerlo, me apague las luces,
para no encontrarme con el mismo dolor otra vez de bruces.
Solo quiero descansar, olvidarme de una vez de tus cruces
y de tus mentiras. Vida colérica, ¡deja de cebarte!
Si te destierro algún día y das paso a tu hermana, sepultura,
avísala de ese temor mío a la tortura y la amargura.
Que temo llegar finalmente al averno y mirar con dulzura
aquellas experiencias que otro día me hicieron desistir.