Desde mi ventana veo pasar el viento exacerbado,
faros que alumbran las calles en la oscuridad,
coches que transitan hacia un rumbo ignorado,
y matorrales que van y vienen con ferocidad.
Veo pasar rostros de semblante sombrío,
transeúntes que caminan sobre un suelo entorpecido,
gente que avanza a paso lento y con hastío,
jóvenes que circulan con un ánimo envejecido.
Desde mi ventana, un cielo enmarañado
tejido de nubes condensadas;
aves con alas que abanican la migración
hacia tierras forasteras;
veo pasar aviones,
cometas que los niños lanzan disparados,
y estrellas fugaces
en el éter sin barreras.
Desde mi ventana, asteroides destellan pedacitos de luz;
me pregunto cuánto tiempo permanecerán con vida.
Demasiadas incógnitas asaltan mi mente en estampida,
deseosa de respuestas sobre cuerpos astrales,
que observo en la distancia
como círculos en cruz.
Veo pasar las semanas,
nunca perecen, regidas por un tiempo inmortal;
días amortizados, algunos desperdiciados,
que se recrean ante las experiencias
de seres desprotegidos que viven sin aval.
Veo pasar madrugadas sin descansos placenteros,
noches áridas que acogen lechos sin cesar;
silencios interrumpidos por pasos callejeros.
Veo pasar segundos en los que mi memoria divaga
hacia sentidos opuestos,
encrucijadas confusas,
grandes e irresolutos atolladeros.
La ventana me ofrece un fabuloso incentivo:
madres gestantes que estimulan con dulzura
a chiquillos en un mundo fiero y competitivo;
traviesos y picarones, manipulan sus juguetes
con un portentoso estilo.
Desde mi ventana veo cómo se voltean,
saltan, ríen y lloran,
lejos de cualquier indicio de sigilo.
Veo pasar recién nacidos de un mundo hostil,
que todo lo que lo encuentra lo tiñe de color añil;
veo pasar ancianos que se aferran a cumplir
sus últimas voluntades,
antes de propiciarse un repentino morir.
Todo lo que veo pasar se convierte en un misterio;
luces y sombras se abrochan el cinturón para no descarrilar;
juntas forman un fortificado imperio
que engloba emociones contradictorias,
que se entrecruzan hasta desesperar.
Veo pasar tupidos velos,
caras que exhiben armaduras y disfraces;
realidades yuxtapuestas que juegan
frente a fortalecidos duelos;
multitudes que no se arrepienten
de sus errores más sagaces.
Ay, vida, vida,
veo pasar tantas cosas enigmáticas
que me conmueven y estremecen...
Que a veces cierro los ojos
para no ver pasar nada;
solamente armazones de almas indelebles,
que ante un presente turbio resisten,
aunque con el dolor padecen y arremeten.