Querías verme siempre de rodillas,
olvidando tus rechazos y desprecios;
pensaste que podías pisotear mi orgullo,
herirme, engañarme y juzgar mis sentimientos.
Podías ofenderme sin medida,
y al reaccionar, el malo era yo;
nunca miraste el daño que hacías,
ni las heridas que tu actitud dejó.
¡Pero se acabó! Ya no acepto más,
no nací para rogar ni para aguantar;
prefiero sufrir en soledad y en calma,
que seguir perdiéndome por salvarte el alma.
Hoy elijo mi paz, mi dignidad y mi vida;
cierro la puerta, sano mis heridas.
Porque estar solo no es una derrota,
derrota es quedarse donde el respeto no importa.
G3