Me besabas los labios,
voz de risa, voz de canto.
Tu abrazo, solo mío,
iba calentando el río.
Tu pecho era mi cama,
y creía en mis sueños
que tu amor era una luz
que se abrazaba a mi alma.
Una pregunta cambió
mis azules a unos grises.
¿Era yo a quien amabas?
Silentes noches quedaron.
Junto a mi puerta, un domingo,
vi sentadas cual guardianes,
las sombras junto a mi vino.
Nadie miraba mis ojos,
que callados se nublaban,
como si fueran de agua.
Ojos que no brillaban
cuando la luna asomaba.
Y un llanto débil, callado,
contenido, se escuchaba.
Ya era tarde, me marchaba
con mi carita lavada.
Mas mi rostro iba de cera
cuando pasé por tu casa.
No detuve más mis pasos
hasta cruzar la montaña.
—¿Y adónde te vas, muchacha,
sin mochila y sin abrigo?
¿No ves que la noche es dura
y hay peligro en el camino?
Mejor toma mi capa,
y que cubra tu extravío,
porque no quiero, mi niña,
que te mueras cerca mío.
Y vi mi yegua zaína,
pastando en la gran colina,
y me dije: «Estoy cerca, estoy viva,
voy segura hacia la Villa».
Y mi cara, ya sin piel,
quemaron mis ojos y mis pestañas,
mas el fuego se apagaba
cuando a mi casa llegaba.